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¿Pueden Los Cristianos Celebrar Los Días Festivos?

Por Wayne Jackson, traducido con permiso por Marlon Retana.
El artículo original, en inglés, se encuentra en este enlace.


¿Es incorrecto que los Cristianos celebren algunas de las fiestas populares en nuestra sociedad, como dar regalos en Navidad, permitir que los niños pidan dulces en Halloween o buscar huevos en la Pascua?

Al considerar este tema, se deben tener en cuenta varias cosas.

Una práctica puede haberse originado en ciertas circunstancias, pero, eventualmente, ha perdido ese significado, ya sea en su totalidad o al menos significativamente. Hay precedentes bíblicos para tratar con este principio.

Considere la práctica de comer carne que había sido sacrificada a los ídolos anteriormente, un tema muy intenso en el primer siglo. Aquí está el trasfondo: un sacrificio de carne se haría a un ídolo. Después de que cierta porción se consumiera en llamas de sacrificio (o por los sacerdotes), el resto se vendería como alimento común en el mercado. Por lo tanto, surgió la controversia: ¿está esta carne contaminada simplemente porque tenía alguna conexión con un ídolo?

La respuesta de Pablo es no (ver 1 Corintios 8:1-13). Si uno tiene “conocimiento”, es decir, que un ídolo es “nada”, y su conciencia no se ofende, puede comer de esa carne. No está contaminada simplemente por su asociación anterior.

Sin embargo, existe esta precaución: si uno se encuentra en un entorno en el que algún hermano “débil” (es decir, sin un conocimiento maduro) puede sufrir daño, entonces sería mejor abstenerse en ese caso, para que no se dañe la conciencia de los hermanos débiles.

Sería erróneo participar religiosamente de una práctica que comprometa la fidelidad de uno a la verdad. El apóstol trata este asunto en 1 Corintios 10. Si en un servicio donde se ofrecían sacrificios a los “demonios”, los Cristianos debían participar, es decir, tener “comunión” (koinonia: participación, compañerismo), con los involucrados en la adoración ilícita, claramente sería pecaminoso (10:20-21).

Practicar la Navidad, Halloween o la Pascua religiosamente es injustificado. Hacerlo simplemente como una costumbre cultural sería una cuestión de juicio personal.

En Romanos 14, Pablo argumenta la proposición general de que habrá diferentes niveles de conocimiento entre los hermanos y que, en cierta medida, estos deben ser acomodados por el bien de la unidad cristiana. Por ejemplo, algunos, por convicción, eligen no comer carnes; otros no ven nada malo con tal práctica.

El apóstol instruye que ninguno de los individuos debe “menospreciar” al otro. Ningún hombre debe crear una ley en áreas de conveniencia y luego exigir que todos los demás se sometan. Si un acto manifiesto de transgresión no es el problema, la paz debe prevalecer.

La mayoría de las personas que son bastante sensibles a estas prácticas culturales no son totalmente coherentes con su propia conducta. Consideremos, por ejemplo, la celebración de los cumpleaños. En el antiguo Egipto, los cumpleaños de los faraones se consideraban días “santos”, sin que se realizara ningún trabajo[1]. Además, como señaló John Lightfoot: “Las escuelas judías estiman la celebración de cumpleaños como parte de la adoración idólatra”[2].

¿Significa esto que si un hombre en esta era le da a su esposa un regalo de cumpleaños o si tenemos una fiesta de cumpleaños para un niño, hemos comprometido nuestra fe? Seguramente nadie lo alegará así.

¿Qué pasa con el hombre que lleva a su esposa a cenar y le da flores en el día de San Valentín? ¿Se ha rendido al dogma Romano sobre “San Valentín”? Cuando colocamos flores en las tumbas de nuestros seres queridos, ¿es esto lo mismo que la práctica hindú de poner comida en las tumbas de los antepasados? ¿Tener una ceremonia de boda en un edificio de la iglesia implica que respaldamos la noción católica de que el matrimonio es un “sacramento de la iglesia”? Seguramente estas consultas deben ser respondidas negativamente.

Las prácticas pueden cambiar con el tiempo y significar cosas diferentes para diferentes personas. No debemos comprometer la verdad, pero tampoco se nos permite hacer leyes espirituales para otros.

Obras Citadas

[1] McClintock, John and James Strong. 1969. Cyclopedia of Biblical, Theological, and Ecclesiastical Literature. Vol. 1. Grand Rapids, MI: Baker. p. 817.

[2] Lightfoot, John. 1979. A Commentary on the New Testament from the Talmud and Hebraica. Vol. 2. Grand Rapids, MI: Baker. p. 217.

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