Por Robert R. Taylor Jr., traducido y adaptado con permiso por Marlon Retana.
Tomado de la colección conmemorativa Selected Writings of Robert & Irene Taylor, compilada por la Memphis School of Preaching a partir de materiales donados por la familia Taylor. Esta colección puede adquirirse a través de la escuela y sus fondos apoyan la beca estudiantil en honor a los autores.
Expreso mi sincero agradecimiento a la familia Taylor por permitir la traducción y difusión pública de estos materiales.
El primer Pentecostés posterior a la resurrección de nuestro Señor mostró a Pedro declarando las condiciones prescritas que permitirían a los obedientes una entrada en el reino recién establecido en la tierra (véase también Hechos 2). Los versículos iniciales de su segunda epístola presentan las condiciones sobre las cuales se puede obtener una entrada abundante en el reino final de gloria (2 Pedro 1:5–11).
Así, Pedro utilizó las llaves que le fueron prometidas según Mateo 16:19 para abrir las puertas hacia el reino de gracia ahora, y hacia el reino de gloria en el mundo venidero. Las gracias cristianas listadas por Pedro constituyen la escalera dorada hacia el cielo. Jehová permitió a su siervo Jacob soñar con una escalera que se extendía desde la tierra hasta el cielo, por la cual subían y descendían ángeles (Génesis 28:12). Jehová, por medio de la pluma de Pedro, ha descrito una escalera espiritual que conecta la fe, el amor, y la esperanza del hombre en la tierra con una recompensa eterna más allá del firmamento. Cada una de estas gracias espirituales constituye un peldaño en la escalera ascendente de Pedro. Reflexionemos con sinceridad sobre cada una de ellas.
Sobre el firme fundamento de la fe, el cristiano debe añadir diligentemente la virtud. Para nosotros, la virtud es sinónimo de pureza moral o castidad. Aunque los cristianos deben ser castos y moralmente puros, el término de Pedro adquiere un significado mucho más profundo. El escritor inspirado busca inculcar ricamente la valentía, el coraje, el vigor del alma, la firmeza de carácter y una determinación persistente de hacer lo correcto. Es imperativo, al añadir esta cualidad a nuestra vida, el conocimiento de lo que es correcto, así como una postura firme e inquebrantable en favor de ello.
El dulce salmista nos asegura que:
«Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová» .
Salmo 27:14
Pablo exhortó firmemente a los efesios a tomar «[…] toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes» (Efesios 6:13). El desarrollo de esta valentía proviene de la determinación humana combinada con una generosa medida de ayuda divina. Sin esta última, la primera está destinada al fracaso.
Numerosas figuras bíblicas se han convertido en sinónimo de convicciones profundas y acciones valientes. La valentía profunda y la posesión de una fe inquebrantable se unieron en Moisés, quien rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón y escogió identificarse con un pueblo despreciado y oprimido. Su fortaleza alcanzó proporciones monumentales a la edad de ochenta años, cuando marchó a Egipto con la comisión de Jehová para liberar a Israel de la mano tiránica de Faraón. La poderosa mano de Dios encontró un instrumento adecuado en Moisés, y finalmente se logró la redención de Israel.
Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego demostraron una valentía extraordinaria al resistir las influencias idólatras en la lejana Babilonia y mantener su fidelidad al Dios de sus padres. Las amenazas del horno de fuego ardiendo o del foso de los leones no lograron provocar la anhelada negación de su Dios.
La voz clara de Juan el Bautista proclamó un llamado valiente a la reforma de Israel y a su preparación para recibir al Mesías venidero. Reprendió abiertamente a Herodes y a Herodías por su matrimonio adúltero. Aunque esto acortó su vida terrenal, murió como alguien que defendió lo correcto y se opuso a lo malo.
Sin embargo, la mayor manifestación de valentía presentada en la Biblia se encuentra en Jesús. Ya fuera enfrentando a líderes judíos que lo presionaban constantemente durante su ministerio, a una multitud que buscaba matarlo en Nazaret, a quienes querían apedrearlo en Jerusalén, a autoridades gubernamentales que lo condujeron a una muerte terrible en el Calvario, o los horrores indescriptibles de la propia cruz, la valentía de nuestro Señor nunca disminuyó. Él desea que este mismo tipo de valentía abunde en el corazón de sus santos hoy en día.
Tal virtud es absolutamente indispensable si hemos de decir «sí» a lo correcto y un «no» firme y decisivo a lo incorrecto. Es una cualidad demasiado valiosa para ser vendida a cualquier precio.
Lector cristiano, sé valiente, llénate de valor, y determina permanecer firmemente del lado de lo correcto.
